domingo, 29 de marzo de 2020

Un astronauta enamorado



Tu sonrisa mañanera sirvió de combustible.
Un café, con periódico y sin azúcar, como a mí me gusta, fue la rampa de lanzamiento. “10.9.8…”
Observarte mientras te arreglas, escucharte opinar sobre algo que no recuerdo. “7,6, 5…”
Un beso en los labios, una palabra cariñosa. “4,3, 2…”
Esa frase que no puedo repetir ahora. “1… 0”.
Despegamos hacia las estrellas, siento ya la falta de gravedad.
Juego con los espacios, los silencios. Me meto en ese lugar donde todo puede pasar.
Es un viaje de ida y vuelta, eso lo sabemos .Por eso resulta tan diferente cada vez que volvemos, juntos. Cada vez descubrimos rincones donde no habíamos estado antes.
Y así,este astronauta enamorado lleva toda la mañana en el trabajo pensando en ti.

Lo que no quiero contar



Suena el timbre. Insiste y golpea la puerta. Va tan borracho que no es capaz de encontrar las llaves.

Abre, puta. Te voy a partir la cara. Abre. ¡ABREEEEEE!

La vecina de enfrente está escuchando todo. No hará nada, nunca lo hace. Tampoco la del tercero, ni el jubilado que vive en el primero. No quieren líos. A nadie le gustan los problemas, además no es asunto suyo. Que llame otro.

Mamá me hace un gesto que entiendo. Obedezco y me voy corriendo a la habitación. No es la primera vez que sucede. La primera vez ya no la recuerdo, solo algunas se me quedaron grabadas en la memoria. Sobre todo aquella en que tuve que avisar a la vecina porque mamá no se levantaba del suelo. Finalmente se levantó, y la vecina se fue. Yo esperaba que algo cambiase después de aquello. No fue así. Ahora tengo esconderme de nuevo debajo de la cama.

Oigo como mamá abre la puerta. Empieza a llorar. No entiendo lo que dice pero noto cómo suplica, se humilla. Él no va a parar. Escucho un golpe, el primero. Los golpes en la cara hacen un ruido tremendo. Me sigue asustando ese sonido. Algunas veces lo escucho en el colegio, cuando hay lío en el recreo. Yo me voy lo más rápido que puedo, no quiero estar ahí. Otros chicos se quedan mirando. Yo no, no me gusta. Me da mucha pena. Alguna vez pienso en avisar a la profesora, pero no lo hago porque tengo miedo. Los demás tampoco lo hacen. Nadie lo hace. Tampoco con mamá.

Empiezo a contar, hasta cien. Lo hago siempre que me escondo, así no me pongo tan nervioso. Mamá me lo dijo. Me tapo los oídos y me concentro en no perder la cuenta. A veces no me sale y tengo que volver a empezar. Con los gritos me asusto mucho, sigo contando mientras lloro. Una vez un profesor me dijo que no me aguantase las lágrimas, que me harían daño dentro. Creo que me aprobó porque sabía que tenía un problema. Fue el único que se fijó el día que fui a clase con un golpe en la cara. Intenté disimularlo con un maquillaje de mamá, pero podía verse igual. Nadie se fija en mí. El profesor se fijó aquel día y me dio ese consejo. Se lo agradezco. No soy muy buen estudiante, no entiendo muchas cosas. Creo no soy muy listo, eso me dice mi padre. No quiero a mi padre y él a mí tampoco.


Han parado los gritos. No se escucha nada. Es muy raro, no he llegado ni a cincuenta. No lo entiendo. Ya no oigo a mamá pedirle a mi padre que piense en mí, y tampoco a él llamándola puta vieja. Es lo que dice siempre, y que yo soy tan inútil como ella. A veces tira el plato cuando estamos comiendo y mancha toda la pared. Dice que mamá no sabe cocinar, que no sabe hacer nada. Yo creo que no es cierto, a mí me gusta mucho la comida que ella hace. Me gusta sentarme en la mesa de la cocina y mirarla mientras prepara las cosas. Mamá siempre está cansada, me gustaría ser más listo para poder ayudarla. Le doy besos y abrazos cuando la veo triste, eso se me da muy bien. Algún día, cuando sea mayor, pienso marcharme de esta casa y la llevaré conmigo a otra parte.

Espero tumbado debajo de la cama. Me siento muy mal, tengo un nudo en la garganta. No sé qué hacer. Mamá no viene a avisarme de que puedo salir. Me falta el aire, tengo miedo.

Después de un rato eterno, salgo de mi escondite. Oigo cómo me late el corazón a cien por hora. Salgo de la habitación y camino hacia la cocina. ¿Por qué no se escucha a nadie? Solo quiero abrazar a mamá. No quiero tener ganas de llorar todo el tiempo. Solo quiero ser como los otros niños. Empiezo a temblar, no puedo creer lo que estoy viendo. Mamá está de pie, él en el suelo. Al revés que siempre. Respiro aliviado. Nos abrazamos y sé que a partir de ahora no voy a volver a tener que esconderme, nunca más, debajo de la cama.










Zobeide



El artista miraba su obra con la seguridad de observarse a sí mismo. Cada vez que volvía sobre el cuadro, sus ojos se clavaban en la mujer. De espaldas, desnuda, tan cercana que podía tocarla. No lo hacía por miedo a que ella desapareciera. Su irrealidad le resultaba familiar. La había dibujado con mimo. Era lo mejor que había construido en su vida. El no era un hombre fácil, acostumbrado al fracaso y al dolor. Ya no estaba seguro de nada. Alguna vez creyó estarlo, pero vivir no se le daba bien. Siempre acababa por volver a ella. Se había convertido en una obsesión.

Una mañana de tantas se levantó sin ganas de hacerlo. Volvió a la pintura, pero ella no estaba. Solo el hueco que ayer ocupaba su cuerpo, ni rastro de su espalda, su pelo, su color. Se mareó. Se desesperó. Tuvo que sentarse para no caer de bruces, y entonces escuchó una voz de mujer en la cocina. Cantaba algo que conocía bien. No quiso moverse de donde estaba , se quedó en silencio, sintiendo el calor que anticipa la felicidad. Sabía que había llegado el momento de no volver a despertar.

miércoles, 3 de julio de 2019

Heridas que no sangran, pero duelen


Otra vez esa canción machacona en la radio. Bajo el volumen pero aún me molesta. La apago. La rabia no me deja pensar. Me obsesiono con cualquier cosa. No sé cuándo me he convertido en esta persona desagradable que no me gusta. Pienso en cuando estabas tú. Me esforzaba por ser mejor, digno de ti. Ahora ya no importa. Soy la sombra de algo que nunca fue gran cosa. Me doy pena. Es repugnante caer tan bajo.

Doy una calada al cigarro. El humo se escapa hacia arriba y mis ganas de todo se desintegran. Saco una caja con tus cosas, quizás sea un buen momento para hacer limpieza. No puedo posponerlo más. Pongo otra vez la radio, ahora han acertado con la canción. Una caja de madera con adornos, un mechero, algunas cartas. Tus fotos. Nuestras fotos, abrazados, Tiro todo a la basura.

Vuelvo a meter todo otra vez en la caja.

Todavía no.

Deseo

Alegre belleza
deseo que quema.
Son tus palabras
las que me desnudan.
Tus manos transitan
el camino abierto por nosotros
Pequeño milagro cotidiano
el de tu respiración en mi pecho
y tu alma naciendo más fuerte
para acariciar la mía.

La cima



Buscaba esas cimas
que observaba tras una ventana
hecha de papel y sueños.

Veía personas sin rostro,
atmósferas sin aire.
Algo me quemaba,
una brasa aún viva.
Como una fiera inquieta
que no se sacia aunque coma
por estar demasiado hambrienta.

Cuando te encontré, lo entendí
Está en tus ojos, nítido,
el alimento, el agua, la tierra
con la que trazaré el camino.

Y llegaré a las cimas,
esas en las que nos perdemos
cuando nos miramos.

La piel que acaricias



La piel que acaricias,
los silencios,
el espacio que solo llena el alma,
la melodía de los cuerpos,
las miradas que calan el hueso.

Todo eso permanece
cuando el fuego febril se apacigua
y sigo viendo el milagro que somos.


domingo, 22 de julio de 2018

Sobre el sabor del amor

Él la miraba de reojo mientras preparaba la cena. 
Ella hablaba animada sobre algo .
Él no escuchaba atentamente, solo disfrutaba del momento con ella... su manera de expresarse, sus gestos, le encantaba el tono de su voz que llenaba los vacíos como el ronroneo de un gato. 
Pensó qué pasaría si se enamoraba de esa voz, de esa en particular. 
Entonces ella preguntó algo que le sacó de sus pensamientos, le espetó como quien pregunta algo trivial ...
- “Amor, a qué sabe mi sexo?” 
Se quedó mudo por un momento. Ella , expectante... él tratando de encontrar la palabra adecuada. Buscó entre los sabores que conocía y encontró algo que si bien no definía ESE sabor en particular, sí se le parecía. A granada, le dijo. Dulce y rico, como la granada.
 Eso fue lo que dijo, pero lo que no dijo que es que sus besos le sabían a fresas, su piel a tomates recién recogidos y su cuerpo le abría tanto el apetito como el café recién hecho de la mañana. Y allí, en medio de la cocina, decidió que después de la cena iba a darse un festín de fresas,granada y café hasta bien entrada la madrugada.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Nada que esperar



El ruido que había en la sala le impedía concentrarse en la lectura. Alzó la vista.
Un niño aporreaba un juguete contra el suelo. Su madre callaba.
Una mujer con la mirada perdida.
Un hombre demasiado viejo, mal vestido.
Una pareja que no tiene nada que decirse.
Perdedores. No tienen nada que ver conmigo_pensó.

Dijeron su nombre, se levantó y dejó la sala sin despedirse.

El doctor le dijo que la enfermedad había avanzado deprisa. Le dio pocas esperanzas.

Se irá sin hacer ruído.



viernes, 20 de octubre de 2017

Retrato



Observaba la fotografía con atención, pero no lograba reconocer ninguna de las caras. ¿Quien era ese niño repelente? Me producía desagrado su falsa sonrisa. ¿A quién quería engañar? No se puede disfrazar la infelicidad, desde luego. Los adultos no resultaban mucho más agradables. La mujer pasaba su mano por el hombro del hombre en un gesto artificial, como si le hubieran indicado dónde y cómo ponerse. Nada más lejos del cariño. El hombre era guapo, pero de mirada amarga. Apretaba los puños,tenso, parecía su estado habitual. En los surcos de su rostro se intuía aspereza.Yo veía una familia desgraciada y poco acogedora.

- ¿Porqué me has enseñado esta foto? No me gusta, es repugnante.

El chico la guardó y no dijo nada. Solo sonrió y deseó no recordar él tampoco.

miércoles, 18 de octubre de 2017

En el vacío


El hombre era pobre, como casi todos. O eso pensaba. Nunca tuvo nada que jugarse en la vida. A veces imaginaba como sería tener riqueza, pero eso no le hacía desdichado, al contrario, le dejaba una sonrisa en los labios. Su esposa no era así. Ella sufría por aquello que jamás vería, tocaría y disfrutaría. Ella callaba, su gesto decía todo, su mirada vacía, contenida. Era pobre hasta para reir. Tacaña, pensaba él.
Ambos dormían cuando llegaron a buscarles. Les sacaron a patadas y les dejaron doloridos, desnudos en medio de la noche y de la nada. Estaba acostumbrado a no pedir explicaciones, no las necesitaba. Empezaría de nuevo.
Esta vez solo.

Un astronauta enamorado

Tu sonrisa mañanera sirvió de combustible. Un café, con periódico y sin azúcar, como a mí me gusta, fue la rampa de lanzamiento. “10.9.8…...